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Se busca

Se busca un saludo que dibuje una sonrisa. Se busca un alto. En el camino se busca acompañamiento de noches, velas, mosquitos y sombras. Se busca risa, se busca... En la quietud de la noche se busca silencio y dos o tres palabras pronunciadas bajo. O pronunciadas alto, pero se buscan. Que roja sea la tarde cuando se busque inquietud anticipada. Se buscan emociones fuertes. Se buscan estrellas y se buscan alineadas. Astros, planetas, alineados también. Se busca catarsis y falta de aire y espacio en el pecho. Asombro, se buscan coincidencias tejidas, enredadas y enrevesadas, se busca dieta por falta de ganas. Se busca fuego, quemarse y arder de madrugada atónitos ante el espectáculo. Se busca. Te busco. Y espero.
Y si estuviera allí la luz aún se colaría entre las persianas. Puede que sintiese calor, un hormigueo en la punta de los pies que abrazase mis tobillos y se colase como agua de lluvia por mis piernas. Y si estuviera allí. Si estuviera allí las gotas habrían ya, hace mucho, mojado la tierra y desde la terraza de un tercer piso alguien inspiraría y pensaría que las tardes de mayo, si están mojadas, merecen más la pena. Y si estuvieras aquí al menos el aire bárbaro que me hace nudos en el pelo te revolotearía a ti también y entonces sería más brisa y menos viento. Pero no lo estás y el aire va en ráfagas de mano con la lluvia, moja la tierra con tanta fuerza que hace daño y las nubes son caos y el cielo es caos y yo soy caos y tú, tú no sé si lo serás. Pero tendría sentido porque para mí no hay nada más bello...

La chica del pueblo de al lado.

En la dársena 19 había un banco a la sombra. Era agosto y el calor sofocante no lo era tanto en la costa asturiana. Pongamos que hablo de Gijón. Un hombre de sesenta años y su amigo esperaban algún autobús a alguna parte. El primero, enjuto y musculoso, olía a sudor. Conservaba todo su pelo y una maleta de piel antigua que más bien parecía un maletín grande. El segundo pintaba más de mil canas y escuchaba cómo su amigo le contaba una historia que, si no recuerdo mal, discurría tal que así: Andrés había nacido en una aldea de Asturias y a los dieciocho años se había enamorado de la chica del pueblo de al lado.  Entonces llegó la mili, más tarde el ejército y por último la vida, en definitiva, e hicieron que nunca más la volviese a ver. Ella se casó, con un señor del pueblo de al lado. Y tuvo sus hijos y su vida, y no creo que pudiésemos decir que no fue feliz. Y él se casó, tuvo su vida, volvió a su aldea, guardó la foto de la chica en la cartera y no creo que pudiésemos ...
...y luego vieron mucho la tele y se convencieron de que era lo normal y lo sano y se casaron. Y siguieron poniéndose los cuernos hasta que después de tener un par de hijos se separaron y, cuando al analizar su vida, -los que lo hicieron- se dieron cuenta de que había sido un desastre, nadie les pudo explicar ya que el amor está por encima del sexo y la borrachera, porque, aquél que pudiera explicárselo años ha había sido enterrado junto al Cid, bajo siete candados.
No fue una taza. No se me rompió ninguna. Hicieron falta muchos meses, más de los que yo creía. Un buen día no encontré mi pantalón donde lo había dejado. Y el frágil equilibrio que había creado colapsó.
A las ocho de la tarde sonaban las campanadas llamando a misa de Santa Olalla. Una señora vestida de negro las escuchaba desde su piso sin dobles ventanas. Pero no acudía. Jamás salía de casa. Su nieta iba vestida de burdeos porque llovía, hacía frío y las hojas caían en el parque de enfrente. Mientras, la luz tenue y oblicua bañaba el suelo empedrado.

103

Podría contar mi vida a base de golpes de fortuna Y podría contar mi vida a base de fracasos amorosos, Pero no sé en cual de los dos contarte a ti.

102

Dime quién logró marcharse del todo con tantas cuentas pendientes a su espalda. Y dime cuándo saldó el tiempo lo que el hombre no pudo dejar a pachas.

96

Se encendía como las hogueras en la noche de San Juan. Ocurrió bajo la cruda luz del mediodía, con un revuelo de sábanas la llevaron en volandas. Los pliegues, al viento, decían adiós. Tú y el rojo de tu boca la veíais marchar, marchita. Entonces fue cuando las nubes se carbonizaron. Y el sol dejó paso a la lluvia.
El día en el que K decidió sincerarse con R, R fue cobarde y respondió un "yo también". Mintió porque pensó que, aunque aún no era verdad, lo sería. Y lo fue. Mil años después y en otro planeta, con otra tierra y otro mar R quiso a K. Era entonces cuando K ya no quería a R. R fue cobarde, pensó "yo tampoco" y desapareció. Y fue que ninguno de los dos volvió a cruzarse con el otro. Y fue que K y R no fueron nunca R y K.