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Verano.

Camino por un paseo marítimo, llevo una falda larga que arrastra la brisa nocturna estival. Se pega a mis piernas y ondea a mi paso, veo mis pies morenos, uno y otro, uno y otro, caminando en las sandalias mientras el mar se convierte en un runrún constante y lejano. La luz plateada de la luna se rompe en mil pedazos en el agua, la amarilla de las farolas baña el paseo, huele a sal, a mar, a mojado y a algas, a arena y a la noche veraniega que se cierne sobre la costa.
Un mechón blanco, liberto del estricto recogido de la anciana, revoloteaba al ritmo del aire acondicionado del Casino Anakara de Las Vegas. Si alguien le observase, a la vez que ella escrutaba la sala abarrotada, podría decir que quizás rondase los 70 años. Quizás menos, seguramente más. (...)

...de la ausencia infinita de rastrojos.

Me embelesan las explosiones. Que todo salte en mil trozos, brille, arda, como en los fuegos artificiales. Me apasiona y me da vergüenza el drama de las explosiones. Drama porque no se desvanecen, no, eso no va con ellas, revientan. En mil pedazos. Lo que no me gusta de las explosiones es la calma chicha del post acto. La tranquilidad vacía hasta de forma. Y es que si algo revienta, casi se desintegra, da paso a un campo pelado, quemado y hasta los topes...

Hasta el atardecer más rojo se desangra.

Mira como las blancas cortinas ondean con una brisa inexistente en la más absoluta obscuridad. Luego, y una vez más, el calor se unirá a la humedad y te envolverá como cada noche de verano. Esas en las que da igual como vaya todo, quién siga en tu vida y quién se haya ido para siempre. Noches en las que, por un momento, parece que cesa hasta el interminable golpeteo de tus latidos y, por fin, el silencio existe. Noches en las que no importa absolutamente nada si no sabes a dónde ir, porque por ahora puedes tirarte en la hierba, mirar al azul oscuro del cielo y dejar que el tiempo simplemente pase.

De cómo perder la cabeza y muchas otras cosas con ella.

Hubo una vez un hombre que no naufragó pero llegó a una isla. En realidad había malgastado miles de años de su vida buscándola y, habiéndola encontrado al fin, no quería separarse de ella. Pasó los siguientes años oteando el horizonte sin ver nada. Los barcos y aviones pasaban puntuales por el aeropuerto, pero él aseguraba vivir en una isla desierta. Sólo estaban él y su arena, él y sus palmeras, él y sus orillas. Conocía cada uno de sus rincones y ella cada uno de sus movimientos. Un buen día la isla se cansó de estar colonizada. Decidió volver a ser un territorio libre y echó a su inquilino para siempre. No le dio razones. No le pareció necesario. Él no quiso creerlo pero intentó irse, buscó puentes que la llevasen de ella a otras islas. En mitad de cada uno de ellos se aterrorizaba y volvía atrás. Pero atrás ya no estaba ella. Sólo había más puentes. Dicen que lo que le asustaba de ellos eran sus pretiles. Sin embargo, nunca hubo ninguno, ni una mísera barandilla. La única persona q...

Lo que tú quieras.

Roto, deshilachado, desmadejado, como un pañuelo demasiado viejo, como una marioneta sin dueño. Hecho trizas, desgarrado, como un corazón enfermo. Corrupto, podrido. Arrancado y descarnado, como la carne, como la herida que deja entrever el hueso. Herido, rajado, descompuesto, desintegrado. Reducido a cenizas, quemado. Aplastado, espachurrado, triturado. Destruido, derruido, en ruinas, sin cimientos, hundido en el lodo más pestilente y espeso. Acabado, como un ejecutivo sin empleo. Muerto y rematado. Así lo dejaste. Tan manido que da asco. Pero da igual, no importa nada. También lo dejaste esperanzado.