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Te he echado de menos.

Mis piernas, que arden de sol y crema, descansan sobre la mesa de "estudio". Digamos que serán las doce de la noche pero podría ser la una, o las dos. Quizás las mil de la madrugada. Hace calor, claro que hace calor, estamos a finales de junio y no hay corriente ni brisa que valga. Sólo bocanadas de calor que de vez en cuando entran por mi ventana. Aunque bueno, no es tan horrible, la música suena, los bajos retumban y sí, debería estar estudiando pero creo que aún no. Esta noche al menos no.

Cerveza con limón.

Tengo los ojos pitirriosos y cada uno de mis poros grita por un poco de fresco que, por supuesto, no hay entre estas cuatro calientes paredes. Desde aquí felicito a mi inexistente vecino. El exhibicionismo no era intencionado pero si necesario.

Adicción.

Me los como y los machaco. El sabor a hierro comienza, se vuelven rojos y queman. Y ahora arden. Labios rojos inflamados como producto de mi masacre. Canibalismo labial. Drogodependiencia de la vaselina los días pares.

Hielo que quema.

Sumida en la oscuridad de la noche conversas con quien no tienes delante. En el vaivén de luces constante sostienes la mirada a unos ojos que ya no están. Desaparecieron con esta luz parpadeante. Ráfagas deslumbrantes que hace rato te dejaron ciega. Ahora paran y luego vuelven. Así está estipulado que sea. (...) Me han contado que estabas sola. Me lo ha contado esa que estaba a tu lado. Y el que estaba más allá también. Me lo ha contado tu amiga, la que te acompañó al baño. El camarero que te puso la cerveza y la chica que, mientras, le guiñaba un ojo desde el otro lado de la barra. Luego me susurraron cosas que nunca deberían ser pronunciadas. Algo que asusta expresar con palabras. Aquel chico que te llevó a casa y te desnudó; ese que borró tus lunares a base de muerdos; él, que quiso hundirse debajo de tus bragas; ese chico me dijo que más allá de tu piel no había ni un alma.

Sum mer.

Hacía algo así como dos años que no sentía el pelo caer por la espalda. Quien quiera que inventase el corte de pelo a lo garçon para las chicas era una salvaje. Una lunática. O lunático. En fin, un loco o una persona sin terminaciones nerviosas en donde el culo recupera su casto nombre.

Desnúdate, pero no te quites la ropa.

Te veo a oscuras en el décimo piso de un lugar ajeno, en un país ajeno. Ni mi casa ni la tuya. Y en realidad la de nadie. Si me preguntases cómo he llegado a este momento no sabría responderte. Quizás me quedaría en blanco y pediría el comodín de la llamada. Pero no me lo preguntas y aquí estamos. Tú y yo. Mano a mano. Me pasaría más horas hablando contigo de las que hace que te conozco. Pero da igual, dicen que mañana nada de esto habrá pasado. Ahora me acuerdo. No sé tu nombre. Y no, mientras estés delante no es necesario.