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Dime quién logró marcharse del todo con tantas cuentas pendientes a su espalda. Y dime cuándo saldó el tiempo lo que el hombre no pudo dejar a pachas.

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Se encendía como las hogueras en la noche de San Juan. Ocurrió bajo la cruda luz del mediodía, con un revuelo de sábanas la llevaron en volandas. Los pliegues, al viento, decían adiós. Tú y el rojo de tu boca la veíais marchar, marchita. Entonces fue cuando las nubes se carbonizaron. Y el sol dejó paso a la lluvia.
El día en el que K decidió sincerarse con R, R fue cobarde y respondió un "yo también". Mintió porque pensó que, aunque aún no era verdad, lo sería. Y lo fue. Mil años después y en otro planeta, con otra tierra y otro mar R quiso a K. Era entonces cuando K ya no quería a R. R fue cobarde, pensó "yo tampoco" y desapareció. Y fue que ninguno de los dos volvió a cruzarse con el otro. Y fue que K y R no fueron nunca R y K.
— El mundo se hunde — dijo él — . Y aquí me tienes, entre una botella de whisky y un puto mar de coños. — Ya empieza otra vez — pensó ella — . Otro discurso melodramático empapado en alcohol y en la misma miseria de siempre. De cómo la sociedad se derrumba y no queda otra cosa que encuentros furtivos, húmedos y desagradables en los rincones. Sobre cómo nos lanzamos en los brazos de cualquiera que pase, buscando el ideal del amor (ese que no existe) de una manera tan destructiva y desesperada que nos rompe para siempre. Y sin embargo, aquí estamos. Tú y yo en el fin del mundo. Mano a mano.