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Comerle la boca al mundo.

A veces, cuando los extremos chocan, surge el dolor más sordo. O el placer más absoluto.

Posó sus dedos congelados sobre la carne ardiente y sintió alivio. Aunque no fuese bueno todo aquello, ni tener las manos tan faltas de calor ni la piel tan febril, no iba mal. Nada mal.

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