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Mostrando entradas de noviembre, 2011
—El mundo se hunde —dijo él—. Y aquí me tienes, entre una botella de whisky y un puto mar de coños.
—Ya empieza otra vez —pensó ella—. Otro discurso melodramático empapado en alcohol y en la misma miseria de siempre. De cómo la sociedad se derrumba y no queda otra cosa que encuentros furtivos, húmedos y desagradables en los rincones. Sobre cómo nos lanzamos en los brazos de cualquiera que pase, buscando el ideal del amor (ese que no existe) de una manera tan destructiva y desesperada que nos rompe para siempre. Y sin embargo, aquí estamos. Tú y yo en el fin del mundo. Mano a mano.
La piel les vibra porque son jóvenes y tú, tú no puedes hacer nada por evitarlo. La anarquía descarnada que vomita el choque entre sus mechones salvajes y la carne desgarrada no tiene dueño. Como cada noche se desboca. Y colisiona entre vaivenes de caderas.
El roce no hace el cariño, quema. Abrasa la piel y la carne. Deja úlceras lascivas en el cuerpo de las Lolitas. Marca sus labios de pintalabios rojo sangre a base de muerdos.
Y puedes verlas sonreírte, brutalmente bellas.
Las esquinas de esta ciudad gritan muérdeme. Los pasillos estrechos y las habitaciones oscuras. Cada rincón y cada cama. Te clavaría los dedos en la carne, las uñas en la espalda.
Los mechones rebeldes de mi melena aman la anarquía. Y los juegos de cama. La oscuridad pide cosas oscuras y la claridad palabras claras.